viernes, 21 de abril de 2017

El tonto del móvil

Imagínese usted las siguientes situaciones: Primera, usted acaba de tener un accidente en la carretera, su familia permanece dentro del coche y usted lo abandona para pedir auxilio. Se para un coche del que baja un ciudadano que, lejos de prestarle ayuda, saca su móvil y empieza a filmar los cristales rotos, la cara de sus hijos y los chorreones de sangre. Segunda, se ha iniciado un fuego imparable en su oficina y corre usted a la salida de emergencia. Sin embargo, se la encuentra bloqueada por varios de sus compañeros que, en lugar de precipitarse por la escalera abajo, se han quedado a filmar el incendio con sus móviles. Y tercera, es usted el capitán de un barco al que se ha abierto una gran vía de agua y se está hundiendo. Es usted consciente de que debe ser el último en abandonar el barco, pero no puede hacerlo porque algunos pasajeros están apurando hasta el último minuto antes del hundimiento, para inmortalizarlo con sus teléfonos móviles.

Ahora vayamos a una situación real: ayer mismo salía en televisión, en directo, cómo los policías franceses desalojaban los Campos Elíseos conminando a los peatones a abandonarlos, mientras estos se resistían para poder inmortalizar con sus teléfonos la escena de sus compañeros recién asesinados. Para aquella banda de energúmenos, lo importante no era que otro energúmeno peor que ellos acabase de descerrajar dos tiros a un par de agentes. A dos agentes cuyas mujeres e hijos les esperaban esa misma noche a cenar en casa, para hablarles sobre sus problemas, sus notas del colegio o la factura del seguro. No, lo importante, lo que hacía importantes a esos dos agente sobre sus compañeros que ahora les mandaban desalojar los Campos Elíseos, era que se desangraban tirados en el suelo como perros, en una postura imposible. Y eso amigo, esa escena en primicia en mi Facebook o en mi Instagram, puede llegar a darme miles de visitas y miles de “megus”. Es mi minuto de gloria y no pienso renunciar a él. Ni aunque algún estúpido aguafiestas publique un artículo en su blog, diciendo que soy un carnicero de mierda. Después de todo, a él le leerán como mucho dos mil personas y a mí muchísimos miles más. Envidia es lo que tiene.


Vivimos en una sociedad absolutamente despreciable. Una sociedad en la que tenemos de todo y, lo que es mejor, la capacidad de alcanzar todo aquello que se nos antoje. Más todavía, no solo la capacidad sino el derecho de alcanzarlo gratis si otro lo ha alcanzado, aunque haya sido luchando. Pero es que no vale con tenerlo todo, además hay que demostrar que lo tenemos. De nada me vale tener el mejor coche si no puedo aparcarlo en mi plaza de garaje para que lo vea todo el vecindario; de nada me vale -o más bien no me interesa- visitar París si no me hago un selfie ante la torre Eiffel, Londres si no me lo hago ante el parlamento o Nueva York si no salgo de pareja en mi cámara con la Estatua de La Libertad. No tenemos amigos, no tenemos familia, no disfrutamos de una tertulia, de una comida ni de un libro. Tenemos imágenes. Cientos, miles de imágenes que no hacen más que demostrar lo solos que estamos. Y, lo que es peor, lo solos que nos morimos, cuando nuestro cadáver solo sirve para que un imbécil nos saque una foto con su móvil y la ponga en su Facebook. Eso sí, con un lacito negro para que se vea que es solidario. Qué asco, hijo.

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

martes, 11 de abril de 2017

De celebraciones y muertos

Desde que alguien se empeñó -y está a punto de conseguir- borrar todo rastro, todo signo y toda manifestación religiosa en la calle, hemos asistido a curiosos fenómenos de imitación o sustitución de los mismos. Unos más o menos ridículos, otros más o menos patéticos y otros, cuando menos sorprendentes. Entre los primeros, los ridículos, sin duda están las llamadas “primeras comuniones o bautizos civiles”, así llamadas porque algún concejal o alcalde de estos llamados “del cambio”, celebra una especie de bienvenida a la ciudadanía de un pobre niño que no sabe qué puñetas hace allí. O sencillamente, al que sus padres le han explicado que si quiere regalos y fiesta, como los otros niños de su clase, tiene que ingresar en la comunidad de ciudadanos. Pero no le explican que su condición de ciudadano la tiene inherente a su condición de persona, por el solo hecho de haber nacido donde ha nacido, y no porque se la otorgue ningún concejal de pueblo. Y a pesar de los padres que le han tocado, añadiría yo. De los segundos, los patéticos, no digo nada. Me limito a transcribir la letra de una conocidísima canción de Joaquin Sabina:

Amargo como el vino del exiliado,
como el domingo del jubilado,
como una boda por lo civil…”

Y es que cuando uno va a una boda en un ayuntamiento o en un registro, y ve a esas parejas, a esas familias y a esos amigos, intentando hacer que la boda civil se parezca lo más posible a la religiosa, pero sin bendiciones… Otra cosa distinta son aquellas bodas civiles, con aspecto de ceremonia civil y sin más pretensiones que ser una ceremonia civil. Tan respetables como cualquier otra, por supuesto. Faltará más.

¿Pero y los ritos funerarios? A pesar de que ahora y siempre ha sido posible tener en España un entierro de cualquier religión o simplemente civil, asistimos a la aportación creativa de los que, queriendo dejar claro que no creen, quieren que su muerto llegue todavía más allá del Más Allá. Desde ceremonias célticas, guanches o carpetovetónicas para deshacerse de las cenizas, hasta guardar las cenizas en casa. Porque esa es otra: ahora dice Su Santidad que para aquéllos cristianos que decidan incinerarse, es obligatorio guardar les cenizas en camposanto ¿Entonces para qué me incinero yo, Santidad? Si lo que quiero es que mis cenizas deambulen libres por… bueno, eso ya lo sabe quien lo tiene que saber ¿No será que se está resintiendo el negocio de cobrar más de mil euros por levantar una lápida? Bueno, doctores tiene la Iglesia. Espero no condenar mi alma para toda la Eternidad, por un quítame allá esas pajas. Y si no, qué le vamos a hacer, seguro que conozco mucha gente en el Infierno. No nos desviemos. Si hay algo que realmente te hace sentir que andas por los caminos de una selva dominicana, haitiana o malaya, son las capillitas. Doblas una curva en un puerto, junto a un precipicio y ¡zas, capillita! Tomas una recta en la Mancha, de esas en las que puedes ponerte a doscientos cincuenta kilómetros por hora con el coche y ¡zas, capillita! Cruzas un semáforo para peatones en La Castellana o Velázquez y ¡zas, capillita! Las capillitas normalmente consisten  en un ramo de flores resecas -no secas- mal atadas con una cinta adhesiva a un árbol. Pero no se crea usted, que la cosa se puede sofisticar mucho: hay capillitas con velas, con mensajes, con imágenes ¡y hasta con ositos de peluche! Qué le vamos a hacer, tendrá que ser así.

Recuerdo que la primera vez que vi las capillitas fue en Grecia, allá por los años ochenta. Al principio no entendíamos nada, pero a base de transitar por las carreteras griegas, comprendimos lo que las capillitas indicaban: ante la ausencia casi total de señales, el número de capillitas te daba idea del peligro que podían tener un cruce, un cambio de rasante o una curva. Y es que los griegos serán lo que sean, pero prácticos, lo que se dice prácticos, lo son desde hace cuatro mil años. Además, sus capillitas sí son religiosas, que los ortodoxos otra cosa no pero cumplidos, son más cumplidos que un portugués. Aunque luego voten a Syriza.


Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

martes, 21 de marzo de 2017

Alarguizar las construcciones verbales con el fin de ofrecer un perfil culturalmente más definido

O lo que es lo mismo, alargar las palabras para parecer más cultos. Eso es justo lo que tenemos que aguantar desde que incultos, iletrados y ágrafos, mandan, reinan  y disponen en periódicos, radios, televisiones e instituciones públicas. ¡Hala, que exagerado es usted: la palabra “alarguizar” ni existe ni la usa nadie! Estará usted pensando. Pues lo mismo pensaba yo cuando empecé a oír la palabra “posicionarse” y ahora está en el Diccionario de la Real Academia, mire usted. Claro, que con el tipo de académicos que nos gastamos últimamente, nada es de extrañar. Ni siquiera que exista la palabra “guay”: una palabreja sacada en su día de los registros del habla marginal, y que últimamente solo utilizan los papás horteras para intentar hacerse amigos de sus hijos. Los cuáles se mueren de vergüenza cuando les oyen hablar, por cierto.

Pero vayamos al asunto que nos ocupa: que la Real Academia acepte “posicionarse” para sustituir a sus sinónimos ubicarse, colocarse o situarse, es como que acepte el término “posesionar” para referirse a tener o poseer. Sí, ya sé que la Academia lo que tiene que hacer es asumir el habla de la gente corriente. Lo que no tengo claro es si la gente que alarga las palabras es corriente o si la gente corriente alarga las palabras. Pero bueno, nada es de extrañar en un país de paletos que “nomina” a la gente en lugar de nombrarla, señalarla o apuntarla. Un país que pudiendo tener una Fiscalía Contra la Corrupción y el Crimen Organizado, tiene una Fiscalía contra la Corrupción y la Criminalidad Organizada. Pero es que claro, dónde va a parar, es muchísimo más peligrosa la “criminalidad” organizada que el crimen organizado. Y es que es lógico: siendo más larga la palabra, asusta más. Que es lo mismo que pasa con el anuncio en radio de un conocido bufete de abogados: prometen devolver a sus clientes el dinero que en su día pagaron por los gastos de “escrituración” de sus pisos. Yo no me fiaría de un abogado que no sabe lo que es la escritura de un piso, pero bueno, allá cada cual. En todo caso, nada es de extrañar en un momento y lugar en que ya nadie tiene abogado sino abogados: cualquier paleta de esas que salen en los programas de cotilleos, amenaza a todos sus contertulios con poner lo que le han dicho en manos de “miss abogados” ¿Para qué tener un abogado pudiendo tener varios? Sobre todo para tratar asuntos tan delicados. Claro, que si luego oyes hablar a “suss abogadoss”, comprendes mejor la situación: hace tiempo que los abogados no te pasan la minuta, sino que cobran “suss honorarioss”, que ya hace falta ser hortera. Y es que claro, estas cosas siempre están cargadas de una enorme “emotividad”, que aunque a usted le parezca que es lo mismo que emoción, no tiene nada que ver: es muchísimo más emotiva la “emotividad” que la emoción. Pero como de aquí a Lima, vamos.

Así que ya lo sabe: a no ser que sea usted titular de algún “aforamiento” que garantice su capacidad de opinar, no se meta en líos. Podría ser usted titular de algún fuero, pero eso no es lo mismo. Y además suena a medieval, faccioso y preconstitucional. Y de hecho lo es, pero cualquiera lo dice.


Gonzalo Rodríguez-Jurado

jueves, 2 de marzo de 2017

"...que la culpa la tienes tú"

Ese era el estribillo de una vieja canción que todos los que tenemos más de cincuenta, hemos cantado cientos de veces. En ella se hablaba de la muerte de un pobre borrico, de cierta tía vinagre. Dios lo sacó de “esta vida miserable”, pero la culpa la tienes tú. Y esto viene a cuento para ilustrar algo que, en mi opinión, condiciona seriamente nuestro modo de vida, nuestra trayectoria vital y hasta nuestro desarrollo. Ahora lo veremos. Y no, no me he sentado a escribir después de una noche crapulosa de alcohol y rumba, ni de experiencia místico-lisérgica alguna. 

El hecho es que, ya desde niños, se nos viene inculcando insistentemente, entre canciones, cuentos, clases y catequesis, el concepto de la culpa. Y si digo insistentemente, no es por adornar ni por redondear la frase. Es, sencillamente, porque creo que el sentimiento de culpa está intrínsecamente unido a los españoles y a todos aquellos pueblos con los que hemos compartido nuestra vida y nuestra Historia. No conquistado, que ese es un concepto distinto, propio de otras culturas y de muchas inculturas. Y lo está además, atrincherado en resistencia numantina, frente a aquellos pueblos que, paradójicamente, expulsaron de su vocabulario, de su Historia, de su cultura, de su religión y de su enseñanza el concepto de culpa. Los mismos que asumieron las doctrinas de Lutero y de Calvino, en las que el hombre es dueño de su propio destino, y ese destino será como cada uno quiera que sea. Doctrinas que legitiman todo aquello que una persona haga por buscar su felicidad y su bienestar, siempre que sea respetando a los otros. Hasta trabajar, ahorrar dinero y ser rico. Aunque ya lo publiqué en un artículo hace años, no está de más recordarlo: Cualquier español -cualquiera, insisto- a quien tú le digas que tiene mucho dinero, se te revolverá como si le hubieras pisado el rabo, alegando que no tiene tanto, que tiene muchos gastos o que tú tienes mucho más dinero... Y no me acuse nadie de acomplejado: cualquiera que haya leído un mínimo de Literatura clásica española, comprenderá que en España siempre se han considerado el trabajo y su consecuencia, el dinero, como una maldición bíblica. Tan innecesario como degradante. Cada uno tiene que ocupar el lugar que Dios le asigna en la sociedad, y molestarse en cambiar eso podría considerarse hasta ir en contra de la voluntad de Dios. 

Una de las consecuencias más inmediatas es la forma que, como decía más arriba, tenemos los españoles de enfrentarnos a los problemas. Por supuesto, no todos los españoles ni a todos los problemas. Pero valga como generalización; y que nadie me cuente lo que ya sé se las generalizaciones, que aunque sirvan para equivocarse, también sirven para ilustrar. Cuando un español, digo, tiene un problema no busca una solución, busca un culpable. Una vez encontrado el culpable, el problema persiste y, de hecho, muchas veces se agravará con el tiempo. Sin embargo, parece que no, pero lo de tener alguien a quien echar la culpa, ayuda mucho. No sé a qué ayuda, pero ayuda. Si no consigo vender una casa a un cliente, en ningún caso será porque yo no haya sabido conectar con sus necesidades, será obviamente porque la imbécil de su madre, cuando vino a verlo, no paraba de encontrar defectos a la casa. Si no he alcanzado un ascenso en mi trabajo, que tenía que ser para uno de los tres, no será porque otro haya tenido mejores méritos que yo sino porque se arrastra como un gusano. Por supuesto, un suspenso siempre es culpa del profesor; un accidente de tráfico culpa del otro; una avería en casa, culpa del chapuzas que hizo las tuberías; un mal resultado de mi equipo, culpa del árbitro, del equipo contrario, de su afición y del que corta las entradas en el estadio; la detención de mi hijo es culpa de sus amigos, que fuman droga o incluso del propio policía; y qué decir de mi separación: por supuesto es por culpa de mi ex.

Y conste además, que la culpa de que no queramos aprender es de los profesores, que no saben enseñar.


Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

viernes, 24 de febrero de 2017

La violencia no es machista

La violencia no es machista. Ni es alta ni baja, ni es roja ni verde, ni es racista ni comunista, ni fascista; ni siquiera es del Manchester ni del Atlético de Madrid. La violencia es violencia, y los únicos calificativos que merece son los que aluden a su naturaleza, no a las intenciones de quien la ejecuta.

A la violencia se le puede calificar de deplorable, innecesaria, abusiva, aberrante o intolerable. Incluso se le puede calificar de legítima: si un policía pega un tiro a un sujeto que está a punto de detonar un explosivo en un estadio de fútbol o de meterse con un camión en la verbena de un pueblo, esa violencia es legítima. Y lo será siempre que el mal que provoca sea inferior al mal que evita.

Sin embargo, nos hemos acostumbrado a oír y repetir lo de la “violencia machista”, cuando un hombre mata a una mujer con quien tiene, ha tenido o desea tener, una relación sentimental o sexual. De hecho, hay muchos asesinos de sus mujeres que, ni son ni han sido nunca machistas. Porque machista, amigo mío, es un estado de opinión tan respetable como cualquier otro, aunque se salga de las directrices del Pensamiento Único Obligatorio. De hecho, es un calificativo peyorativo del que, si sabes lo que te vale, debes huir como de la peste. Si alguien cree que el papel de la mujer es atender su casa y administrar el dinero que le trae su marido, es asunto suyo. Y si encuentra a una mujer que comparta su opinión, a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. Nada que objetar. No lo comparto, pero lo respeto. Siempre que no haya violencia, claro.

-       ¿Entonces a usted le parece bien que se mate a las mujeres?
-       No, no solamente no me parece bien que se mate a las mujeres sino que, al contrario que a usted, todos los asesinatos me parecen igual de despreciables. Y todos los asesinos me parecen igual de asesinos, hayan matado a quien hayan matado. Porque un asesinato es un asesinato, independiente de quien lo haya cometido y sobre quien lo haya cometido. Un asesinato no es más racista si lo ha cometido un blanco sobre un negro que si lo ha cometido un negro sobre un blanco; ni es más despreciable si la víctima es tu mujer, tu suegra, tu hijo, tu padre o tu marido.

Me parece tan mal el asesinato de una mujer por su marido, como el de un marido por su mujer; el de un hijo por su madre o el de un pobre anciano, a quien su hija le va cambiando la dosis de las pastillitas, hasta que le provoca un colapso irreversible. Por su bien, claro. Y sobre todo ¿Qué calificativo merece el asesinato en esos casos? ¿Violencia feminista, violencia maternal, violencia filial…? ¿Y por qué no se habla de eso?

No, señor. No todo vale con el fin de imponer el Pensamiento Único Obligatorio. No vale exonerar de responsabilidad a aquellos que matan por dinero, por envidia o por venganza; a los que violan a hombres o a niños; ni a las que acosan, maltratan y asesinan a sus maridos, amantes o hijos. Y todo ello, solo con el fin de crear un sentimiento de culpa generalizado.


A mí no me la clavan, lo siento.

lunes, 20 de febrero de 2017

Qué está pasando con las ideologías

Vivimos un momento un tanto peculiar. Un momento en el que el partido que sustenta un Gobierno, se puede permitir el lujo de pasarse cinco años sin convocar un congreso para debatir sus ideas, y que no pase nada. Y que cuando lo convoque, salga como resultado de ese congreso, que no hace falta ideología alguna para sustentar una estructura de partido, de Gobierno y de Poder. Un momento en el que los votantes y afiliados de otro partido, aparentemente en las antípodas ideológicas del anterior, observan impasibles cómo cualquier atisbo de debate o de confrontación de ideas, termina fulminantemente laminado. Y no pasa nada más. Todos a callar, a conservar el puesto el que haya podido y los demás a paseo.

¿Qué está pasando con las ideologías, e incluso con las ideas? Personalmente creo que hemos experimentado un proceso de degradación intelectual de la sociedad, hasta rayar el infantilismo, realmente asombroso. La expansión de la televisión -cuando esto empezó no existía internet-, las familias de uno o dos hijos, la devoción por el Becerro de Oro y la obsesión por el éxito económico y social, han convertido a los hijos en pequeños dioses de sus casas. En dioses a los que no se puede osar molestar con enseñanzas, con exigencias de esfuerzo ni con problemas políticos o sociales. Todo ello so pena de agresión física al profesor o denuncia contra el colegio por parte de los indignados papás. En consecuencia, las enseñanzas del niño deben ser muy simples: esto es bueno; esto es malo. Sin exigir razonamiento, debate ni justificación alguna: “La Naturaleza es bueeeena, es nuestra amiga…” No existen los terremotos, las mareas ni las sequías. No, eso se produce porque unos  malos lo provocan, no porque sean una consecuencia natural, una parte de la Naturaleza. “La Paz es bueeeena, y el que empuña un arma es un asesino…” Por lo que rendir un homenaje a los que se dejaron la vida en las playas de Normandía, para salvar a Europa de la destrucción total, es de fascistas, militaristas y enemigos de la Paz…

En estas circunstancias, surgieron a partir de los años 70 del siglo pasado, y han ido aumentando hasta quedarse con todo el espectro político, los que yo llamo “propietarios” de La Verdad. Su verdad, pero única e indiscutible: yo soy quien defiende la Naturaleza, por lo tanto quien no está conmigo, no sólo es que está contra mí, sino que es un enemigo de la Naturaleza y su único fin es destruirla. En consecuencia, cualquier ataque verbal o físico que reciba es culpa suya y se lo merece. Yo defiendo la paz, por lo que todo acto violento que yo realice, es para un buen fin. Sea a la escala que sea: desde pegar a una pobre señora a quemar una casa con una familia dentro. Si yo he juzgado y condenado a esas personas, ellos no son las víctimas, son los verdugos; y las víctimas somos el resto de la Humanidad, a quien yo defiendo. Más aún: yo le voy a decir a usted cuales son los comportamientos sexuales correctos; y como usted ose ponerme el más mínimo reparo a cualquiera de mis afirmaciones, se puede usted ir preparando para una destrucción total. Destrucción de su vida social, familiar y laboral, que pasará por el público repudio; y le advierto que la técnica es fulminante: en España llevamos practicándola desde el siglo XVI. En Europa mucho antes, por cierto. Consiste en sembrar el miedo al repudio público entre todo el mundo, de manera que cualquier sombra de sospecha sobre la pureza de mis ideas, me haga temblar de pánico. La ensayamos de manera muy exitosa con los moriscos, con los judíos conversos, con los erasmistas, con los luteranos y al final, hasta con los masones. Lo malo es que creo que estos últimos se lo aprendieron muy bien. Eso que cuentan de las brujas, es una tontería que jamás nos interesó. Pureza ideológica, querido amigo. No nos dan miedo los que vienen de fuera, pobres desgraciados. Debemos mantener en perfecto estado de revista, de aceptación acrítica, las cabezas de nuestros jóvenes, los ingresos de nuestros trabajadores, los beneficios de nuestros empresarios, las aulas, las facultades, las televisiones, las editoriales, las radios…

En todo caso, queridos niños, no lo olvidéis: en el mundo hay buenos y malos. No hay términos medios. Los buenos son los que nosotros decimos. Y para que no haya dudas, os daremos las indicaciones para saber reconocer a los malos antes de que se atrevan a abrir la boca. Cerrádsela sin contemplaciones. Interrogadles, aisladles, denunciadles.


Gonzalo rodríguez-Jurado Saro

viernes, 4 de noviembre de 2016

Carajal autonómico

A partir del año 1979, los sucesivos gobiernos del UCD y PSOE, tuvieron que desarrollar el mandato constitucional de vertebrar (o desvertebrar) España en comunidades autónomas. No sé -aunque imagino que sí- si eso supuso para ellos un problema. No solo político sino además filosófico, histórico y moral. En primer lugar, nuestros flamantes padres constituyentes habían inventado una nueva forma de administración. Si hasta entonces las unidades territoriales que integraban un estado, eran los estados federados o las provincias, en 1978 surgieron, para asombro del mundo, las comunidades autónomas, que no eran ni una cosa ni la otra sino todo lo contrario. De hecho, a día de hoy no sabemos cuáles son los límites del poder territorial ni político de una comunidad autónoma. Fue una obra maestra -nos decían- porque se trataba de que los territorios “periféricos” se “sintieran cómodos” en España. Es decir, por primera vez en la Historia del Derecho Constitucional Comparado, se publicaba una constitución para contentar a aquéllos que no querían estar integrados en esa constitución. Más aún: que se sepa en Geología, los territorios no sienten nada. Pueden sentirlo sus habitantes, y desde luego en el 79 los separatistas no eran ni el veinte por ciento de ninguna región española. Se sorprenderían los más jóvenes. Bien, no parece mala idea en todo caso, pero igual era mejor idea contentar a los que sí querían esa constitución. Lo malo  es que, a día de hoy, no sólo los que había que integrar siguen sin “sentirse cómodos” en España, sino que además han empezado a sentirse “incómodos” Galicia, Valencia, Asturias, Baleares… Una obra maestra, vamos.

Pero claro, como para integrar a los que no querían ser integrados había que buscar una justificación, se recurrió -cómo no- a lo que sistemáticamente han recurrido los nacionalistas en todo tiempo y lugar, a la Historia ¡Malhaya el que descubrió que la Historia sirve para justificar cualquier atrocidad! Y Dios se apiade de los que estudiamos Historia. En vista de que había que buscar una justificación histórica al desmán, Castilla se dividió en dos partes “históricas”. Es decir, se retorció lo que siempre había sido una división geográfica, Castilla La Nueva y Castilla La Vieja divididas por el Sistema Central. Además, se aplicó otra división geográfica con pretensiones históricas, desgajando una parte más, para darle el nombre de una comarca vitivinícola: La Rioja, que además ni ocupaba todo Logroño ni era exclusiva de Logroño. Una tercera parte de Castilla alegó motivos geográficos, que alguien debió entender como “históricos”, para crear una cuarta división: Cantabria. Santander se arrogaba la propiedad de un mar que compartía con Galicia, Asturias y los territorios -cómo no, históricos- vascos. Algún motivo “histórico” habrá, pero a mí se me escapa.  Por el Sur, un nuevo atropello geográfico-histórico se cometió para convencer al mundo de que, cuando los pastores de La Mesta recorrían Castilla para “ir a extremos”, lo hacían para salirse del Reino e ir otro reino distinto, llamado Extremadura. Lo malo es que eso, aparte de insostenible, es una soberana estupidez.

No quiero extenderme con cuestiones también sorprendentes como la existencia del Reino de Murcia o su duración, al que por cierto perteneció Albacete; o el trato de igual a igual de León con los restos que quedaron de Castilla. Puedo además aportar datos tan sorprendentes como la existencia de una pintada en Segovia, junto al Polígono Industrial El Cerro que dice “Castilla no es España”. Y se debió quedar tan a gusto, el patán. Pues claro que Castilla no es España, animal. Ni Galicia ni Cataluña ni Aragón… lo son todas ellas juntas y alguna más. Independientemente de lo que a ti te parezca o lo que tú “sientas”. Tu mano derecha es tu mano derecha con sus cinco dedos. Y si le cortas tres dedos -a poder ser, que uno de ellos sea el de usar el spray- seguirá siendo tu mano derecha, pero estará incompleta. Tu dedo índice solo, no es tu mano, por supuesto; pero ni tu mano es tu mano sin él, ni por supuesto tu dedo es nada sin tu mano. No sé si lo entenderás…

Si los ponentes constitucionales, tan sabios ellos, hubiesen comprendido que la pertenencia a un territorio u otro, no ha supuesto jamás base filosófica para ninguna teoría política, otro gallo nos habría cantado. Si hubiesen sabido de verdad Historia, habrían comprendido que la tolerancia con el nacionalismo solo ha traído guerras, entre ellas dos de escala mundial. Si además hubieran sabido que todo nacionalismo es expansionista y violento, igual ahora también tendríamos problemas. Pero serían los mismos problemas que tienen los países civilizados. Los problemas normales de la gente normal. No esto…


Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro